viernes, 5 de julio de 2013

22: La brusquedad de mis palabras [Achlys]

22

La brusquedad de mis palabras

Achlys

Al parecer nadie podía contestar a esa pregunta. Yo, sin embargo, no me rendí en mi busca personal de información.
—¿No sabéis dónde estamos? Eso es absurdo… Claire, tú sales más que nadie de los de aquí abajo, ¿verdad? —le pregunté girándome para mirarla.
—Sí, bueno… Salgo más que nadie pero no voy sola. Nos acompañan vasallos de Lady Olenna y para salir y entrar nos privan de nuestros sentidos primarios. No vemos ni oímos.
—¿Y cómo hacen eso? —le pregunté, algo horrorizada.
—Nos ponen una inyección. No sé lo que lleva, probablemente sea algo de morfina, tal vez —contestó algo apenada por no poder darme una respuesta exacta.

Me quedé mirando a mi plato, a ese trozo redondo de pescado casi acabado cubierto por una salsa rojiza. Por suerte, podía digerirlo sin ningún tipo de dificultad. En mi casa también comía alimentos humanos, esa era la ventaja de tener una mitad humana. Obviamente, la sangre también era aceptada por mi organismo y me atraía, pero no como a los Especiales o vampiros. Podía prescindir de ella, aunque una vez al mes, la tomaba para no perder mi fuerza. Si perdiese mi fuerza, sería un cadáver.

—¿No te gusta? —me preguntó Emerick, que me estaba mirando fijamente. Por un momento me asusté, esa mirada me sobresaltó. Me recordaba a la de Gunnar. Ya casi me había olvidado de aquel par, esos dos traidores que me enterraron, con tantas novedades.
—Sí que me gusta, pero no tengo mucho apetito como podrás comprender —le dije mirando los platos de los demás, que ya estaban limpios—. Repartíosla, si queréis.
—¡Vale! Gracias, Achlys —me contestó Aaron cogiendo mi plato y partiendo el trozo en tres. Pude notar como Claire le dedicaba una mirada severa, regañándole visualmente—. Bueno, a lo mejor deberías guardártela para ti. Más adelante si tendrás apetito, créeme. 

Sonreí ante la expresión inocente y de disculpa de Aaron y negué con mi cabeza. Cogí el plato y esos tres trozos los serví en los platos de Emerick, de Claire y de Aaron.

—No me importa. Vosotros lo necesitáis más que yo y no se hable más.
—Vaya… Pues muchas gracias, Lys —me dijo Claire, con una sonrisa.
—Sí, muchas gracias por la pesca y la cena, Lys —dijo Aaron con el trozo en la boca. Les sonreí y negué levemente con mi cabeza. Esos agradecimientos no se merecían. Yo era parte de esas bestias que los tenían allí recluidos.
—Gracias —me dijo Emerick, que comía lentamente, mientras me miraba.
—No hay de qué, señorito —le contesté con otra sonrisa igual de burlona que la suya mientras los demás reían.
—Mañana te presentaremos a los demás. Somos unos setenta, verás que hay de todo pero no hagas ni caso. La mayoría suele ir a lo suyo —me explicó Aaron, que ya había terminado.
—¿Setenta? ¿Cómo ha llegado aquí tanta gente?
—Bueno, en parte eso es un enigma, pero creemos que Lady Olenna los recluta sin seguir criterios.
—Es decir, va secuestrando a gente porque se le antoja, ¿no?
—Sí, básicamente es así —respondió Claire.

Tenía miles de preguntas y supuse que ahora era el momento idóneo para hacerlas, así que hice un esquema mental cuidando la información que no debía decir de más, es decir, lo que yo ya sospechaba mejor me lo guardaría hasta comprobarlo por mí misma. La confianza nunca ha sido uno de mis fuertes.

—¿Y a los Alphas? ¿Los elige por algún criterio en particular?
—Sí. Procura coger a los más sanos o gordos del país y parte del extranjero, sea donde sea que estemos —contestó, esta vez Emerick.

Cada vez que me contestaban algo digería las respuestas y las archivaba en una carpeta, en mi memoria.
—Con gordos te referirás a que estén bien alimentados… —le dijo Claire, que se sintió un poco ofendida por su hermana.
—Obviamente. Además, he dicho los más sanos, así que no precisamente todos tienen que tener sobrepeso o de lo contrario, no estarían sanos.

Modifiqué esa nueva información en mi mente y seguí preguntando.
—¿Habéis visto a algún Especial? —les pregunté a los tres.
—A parte de Lady Olenna, yo no he visto a nadie —dijo Aaron.
—No, yo tampoco —añadió Claire.
—Yo sí —dijo después de una pausa, Emerick.

Le miré para ver su expresión. Pues temía que me hubiese descubierto o que fuera a contestar «Justo delante tengo a una mitad de un Especial» o algo por el estilo. Pero su rostro era normal, no detecté ninguna expresión de maldad ni ninguna expresión sospechosa. Estaba pensativo, casi nostálgico. Pude notar que Aaron y Claire estaban algo incómodos, así que no pregunté nada más a pesar de que la tensión en el ambiente se notaba.

—Mi chica era una Especial —me miró a los ojos, con una mirada desafiante, casi como si me retara a reírme o a burlarme de su confesión. A cambio, asentí con la cabeza, en señal de que lo escuchaba, seria. Suspiró y clavó la mirada en mi plato vacío—. Se llamaba Alba que significaba «luz», todo lo contrario a tu nombre.

Me encogí de hombros, yo no tenía la culpa de que mi nombre fuese tan acertado para alguien como yo. Por un instante, me dio la impresión de que había dicho “Alma”, pero por suerte, no fue así. Alba. Un bonito nombre.

—Es un nombre muy bonito —le dije a Emerick, casi sin pensarlo.
—Lo sé. Llevábamos prácticamente toda la vida juntos. Nos conocimos en el instituto y desde ahí empezamos a salir, hasta que me traicionó y me entregó a Olenna a cambio de sacar a su otro novio Especial de unas mazmorras de no sé donde. Eso fue hace mucho tiempo.

Un nudo se me hizo en la garganta por los nervios y la sorpresa. Pensando de una forma egoísta, si Emerick no notó nada extraño en su novia a lo largo de todos esos años, tampoco me lo iba a notar a mí.
Lo traicionó… Eso debe ser muy duro. ¡Qué desgraciada! Bastante ruin, a decir verdad. Encima lo engañaba con otro, con un Especial. ¿Lo conquistaría expresamente para cambiarlo por su novio monstruo?

      —Vaya, lo siento —le dije a Emerick, con la cabeza gacha. No quería ver como me decía que parase de hacer preguntas, se enfadaba y se iba de la habitación. Pero nada de eso pasó.
      —Bah, ya es agua pasada. En realidad, era una arpía. Me alegro de haberme dado cuenta, aunque fuera un poco tarde. Por si te pica la curiosidad, todavía está en este antro pero, por supuesto, no nos hemos visto nunca más.

      No sabía que decirle así que me encogí de hombros, como de costumbre. Aaron, sin embargo, me salvó de esa tensión.
      —Sí, ahora se dedica a ir de flor en flor. Mañana, cuando te presentemos a los demás, fíjate en todas las chicas. Todas esas suspiran por este mequetrefe.

      Los tres rieron y yo, no pude negarme a hacerlo tampoco, así que reí mientras intercambiaba miradas con Aaron y Claire. Cuando miré a Emerick, me miraba fijamente, de nuevo y lo odié por esa actitud de creído.

      —Será que hay pocos chicos aquí abajo y la oscuridad distorsiona la realidad de esas pobres chicas.
      De nuevo rieron Claire y Aaron, Emerick también pero más levemente, negando con la cabeza.
      —Pues prepárate, porque con un solo gesto de mis manos puedo hacer que todas te odien y te tengan envidia.
      —Atrévete a hacer uno de esos gestos y te cortaré las manos.

      Esto último, sin embargo no me salió todo lo bromista que pretendía y sonó amenazador y terrible. Las risas de Aaron y Claire se cortaron y Emerick se levantó y salió de la sala.

martes, 11 de junio de 2013

21: La chica de azul [Emerick]

21

La chica de azul

Emerick


—¡Dame eso!
—No quiero, ahora es mío.
—¡No es tuyo! Es mío, me lo quitaste cuando estaba bañándome.
—Eso ya lo sabía. Creía que no decías cosas absurdas, chica deportista.
—Dámelo por las buenas o te lo quitaré por las malas, chico absurdo. —Se puso delante de mí y me miró con los ojos entrecerrados y con una mano extendida. No pude hacer otra cosa que reírme.
—Y si no ¿qué? Por cierto, ese vestido te sienta bastante mal. Te dejaré una de mis mudas y así te haré un favor.

Por supuesto, eso último era mentira. Le sentaba realmente bien pero al parecer ella no acababa de darse cuenta de lo bonito que quedaba el azul sobre su piel, pues cuando le dije mi cumplido personalizado, pude notar como una pequeña molestia cruzaba su rostro. Esa chica parecía muy segura, muy perfecta pero yo sabía que no era todo lo que aparentaba ser, al contrario de Aaron y de Claire, que se dejaban eclipsar por cualquiera.

—¿Sabes, Emerick? Como realmente tengo hambre y quiero pasar la noche en tranquilidad paso de quitártelo a la fuerza. No quiero dejarte en ridículo delante de tus amigos, así que hasta me debes un favor. —Se dio la vuelta y se dirigió a la mesa, cogiendo los vasos que Aaron llevaba en las manos para servirlos ella.
Llevaba una bonita cinta azul de un color brillante y satinado atada con gracia a su espalda, a la altura de la cintura. Por un instante, me sentí culpable de hacerle rabiar, pero me resultaba divertido. Aquí abajo uno se aburría mucho y para una vez que tenemos algo realmente divertido…

Dejé su reproductor de música en la mesa, donde los tres ya estaban sentados.
—Ahora os sirvo los platos, monsieur et madames.
—Que gentil, muchas gracias, Em —me dijo Aaron con un tono divertido. Por un instante me molestó que pudiera sentir más simpatía por Achlys que por mí, que llevábamos toda la vida juntos, prácticamente. Se pusieron a hablar con ella, contándole como era la vida por aquí abajo aunque yo apostaba a que ella sabía más de lo que parecía.  

En los platos de arcilla que teníamos, puse la trucha cocinada con una salsa de manzana de mi propia cosecha. Habíamos tenido tiempo infinito para experimentar en todos los ámbitos y la cocina no me desagradaba, pero obviamente, se le daba mucho mejor a Claire que a mí. Aun así, me sentía satisfecho de mi trabajo.
      Serví los cuatro platos a partes iguales y los llevé a la mesa, sentándome yo también.
Claire se sentaba al lado de Achlys, yo enfrente e ella y a la vez al lado de Aaron, en una de las mesas más pequeñas, rectangulares y bajitas. Nos sentemos en el suelo, como de costumbre. Achlys tenía una postura asiática, tenía las piernas dobladas debajo de ella, completamente correcta. Aaron, como siempre se sentaba de cualquier manera y Claire, mucho más cuidadosa, se sentó con las piernas recogidas a un lado.

—Gracias —me dijo Achlys cuando le serví el plato.
—No hay de qué, señorita —le contesté con una sonrisa medio sincera, medio burlona que al parecer, ella ignoró con mucha clase, cómo no.
—Mmm... Qué rico. Huele muy bien, la verdad —dijo Aaron mientras cogía los cubiertos para empezar a comer.
—¿Lo has hecho con las manzanas? —preguntó Claire mientras probaba un pequeño trozo de la trucha.
—Sí, para algo tenían que servir —le contesté mientras probaba mi obra maestra—. Me he superado, está de muerte.
—Ya te digo —contestó Aaron con la boca llena.
—Por favor, Aaron… —dijo Claire a punto de dejar escapar una risa y medio avergonzada.
—Ay, lo siento. Es que hace tanto tiempo que no probaba nada tan… diferente al pan y las manzanas que no me puedo contener —dijo mirando hacia Claire y luego a Achlys.
—Y qué más da. Come como quieras, a mi no me molesta. Da gusto ver a alguien que no tira la comida, que no tiene reparos en comerse hasta la última miga del plato —contestó Achlys mientras comía calmadamente.

Su verdad no fue discutida por nadie. Era conocido que afuera, mucha gente tiraba comida a diario. Comida que sobraba y se quedaba en la olla, comida que los niños pequeños y caprichosos no querían, comida que se olvidaba en los rincones de los frigoríficos y se tenía que tirar… Era realmente exasperante pensar que eso sucedía a diario y nosotros casi nos morimos de hambre todos los días.

      —Sí, eso es verdad. En mi casa se tiraba mucha comida, mi madre hacía de sobra por si queríamos repetir, pero nunca lo hacíamos y al final se iba a la basura toda esa comida —reconoció Claire.
      —Sí, en mi casa era igual —dijo Achlys mientras la vista se le perdía y dejaba de masticar gradualmente. La tristeza se hizo presente en su rostro y todos nos dimos cuenta.
      —¿De dónde vienes? —le preguntó Aaron. Ella salió de su ensimismamiento y nos miró a los tres dándose cuenta de que era el centro de las miradas.

Se removió en su sitio y se limpió educadamente la boca con la servilleta de papel para después beber. Se estaba tomando su tiempo para contestar.
—Nací en Irlanda, viví en España y hace unos cinco años que volví a Irlanda porque… ¿Estamos todavía en Irlanda, no? —dijo con precaución.
Un silencio sepulcral se hizo en la cocina. Esa era una pregunta sin respuesta.