Para todos aquellos lectores empedernidos que nos refugiamos de los problemas y de las adversidades de la vida detrás de unas páginas de papel, con apenas medio litro de tinta plasmado en forma de palabras en hojas blancas que pronto se convierten en historias dentro de nuestras mentes. Ellos nos ayudan a viajar sin movernos de nuestro sitio, nos ayudan a crear una vida paralela, a sentir emociones que desconocíamos, a sentir amor por un personaje ficticio y a sufrir, llorar, reír o a amar con ese personaje que sale de las manos y la mente de otra persona igual de enamorada de ellos.
¿De quién estoy hablando? ¿Quiénes son ellos?
Los libros.
Quisiera que mi libro
fuese, como es el cielo por la noche,
todo verdad presente, sin historia.
Que, como él, se diera en cada instante,
todo, con todas sus estrellas; sin
que, niñez, juventud, vejez, quitaran
ni pusieran encanto a su hermosura inmensa.
¡Temblor, relumbre, música
presentes y totales!
¡Temblor, relumbre, música en la frente
-cielo del corazón- del libro puro!
fuese, como es el cielo por la noche,
todo verdad presente, sin historia.
Que, como él, se diera en cada instante,
todo, con todas sus estrellas; sin
que, niñez, juventud, vejez, quitaran
ni pusieran encanto a su hermosura inmensa.
¡Temblor, relumbre, música
presentes y totales!
¡Temblor, relumbre, música en la frente
-cielo del corazón- del libro puro!
'Quisiera que mi libro', de Juan Ramón Jiménez.
